Un cuento de lobos




Caminaba alegre hacia su meta, la casa rural en la montaña que alquiló para evadirse de la presión a la que estaba sometido por culpa de su trabajo. No quería pensar en nada solo disfrutar del paisaje hermoso y solitario por el que camina. La suave pradería verde y espléndida en la que ahora se encuentra se abre en medio de un paisaje de bosques lo que le hace respirar profundamente y le llena de alegría el espíritu. La primavera ya se nota y el campo está en todo su esplendor.

La tarde va cayendo y Luis nuestro protagonista, ahora sobre una senda entre árboles, aviva el paso pensando en que no le gustaría que se le hiciera de noche en el camino pues es cosa que le inquieta como buen urbanita que es.

El sol, para morir, muestra sus mejores galas y nuestro amigo se para embrujado por el espectáculo. Claro que sí. El, que tanto ama a los animales y a la naturaleza y por los que tanto ha luchado. Recuerda con orgullo su protagonismo como articulista de temas animalistas en las redes sociales. Incluso recibe subvenciones por su tarea. Claro que a veces… Aún recuerda la pelotera última que protagonizó por la cantidad de cretinos que se metieron con él por defender al lobo.

Justo antes de la puesta de sol todos los pájaros parlotean a la vez como si se hubieran puesto de acuerdo armando un gran alboroto antes de cobijarse en sus escondrijos donde pasarán la noche a salvo de sus enemigos.

En su caminar y sin proponérselo le viene a la mente ese animal que tanto ama: el lobo. Luis es de los que defienden a este animal luchando denodadamente por su mantenimiento por encima de todo. Que se quejan los ganaderos? Pues que pongan mastines. Que se quejan de la proximidad del lobo en ciertas aldeas? Pues no sé de qué, puesto que hace ya muchos años que no hacen ningún mal.

-¿Por qué tendrá la gente manía al lobo con lo hermoso que es?, se pregunta nuestro amigo Luis.

Reanuda su camino haciéndose estas reflexiones y pensando en esa espina que lleva clavada en su corazón y es que “todavía” no ha logrado ver a ningún lobo. Si, conoce a muchos compañeros que han tenido esa suerte y a los que ha hecho contar una y mil veces como sucedió hasta en los mínimos detalles.

Ojala tuviera yo esa suerte!

Y Luis sigue andando ojo avizor con la esperanza remota de poder ver a ese sueño que persigue, el lobo.

La noche se va apoderando del paisaje de forma suave ya que la luna alumbra sin ningún estorbo de nubes. Los colores van desapareciendo quedando solo las formas, los ruidos y los olores.

Ahora todo es silencio y Luis solo oye sus pasos y el “toc” de la vara que lleva en la mano para apoyarse mientras camina cuando encuentra terreno duro. Una suave y agradable brisa, aunque ya fresca, le ayuda a caminar más ligero.

Ese paisaje tan pleno y hermoso de día se torna un tanto siniestro por las sombras de la noche.

-Maldita sea! Podía habérseme ocurrido traer una linterna. Y a aún me quedan unos kilómetros por llegar.

-Menos mal que se ve bastante bien el camino –se dice a sí mismo para darse ánimos-.

Poco a poco sus ojos se acostumbran a la oscuridad mientras el bosque cobra vida. Luis, ahora, oye y siente la vida a su alrededor aunque no es capaz de saber su naturaleza.

Un alboroto grande suena a sus espaldas lo que hace que Luis se detenga. Quieto agudiza los sentidos y escucha aprensivamente pues no sabe identificar lo que pasa.

El rumor se hace más nítido e identificable. Es ruido es de ramas rotas, pisadas y jadeos Está claro que es un animal grande que corre hacia donde está él. Un ataque de miedo le paraliza pero hace un esfuerzo y se sitúa detrás de un árbol como defensa contra el animal que se acerca a gran velocidad a través de la maleza. Está en máxima alerta y oye perfectamente el avance del animal hacia donde esta él. Escucha y oye, o cree oír, a más de un animal en esa loca carrera.

Sin más, aparece un gran jabalí a unos diez metros que al descubrir a nuestro amigo frena un momento su loca carrera sorprendido por el encuentro para reiniciarla en un nueva trayectoria a más velocidad si cabe que la que traía.

Luis, pálido y con el corazón aún palpitando con fuerza se queda paralizado a la vez que todos los acontecimientos sin saber muy bien interpretarlos se le mezclan y apelotonan en la cabeza.

Parecían varios los animales que venían corriendo hacia mí, piensa Luis. Seguramente una piara de jabalís. Pero ¿por qué corrían tan despavoridos?

Quieto y en silencio permanece unos minutos esperando oír algo que le dé una pista de lo acontecido con el resto, de lo que él piensa, que es la piara. Esa pizca de aprensión que produce la noche se acrecienta por los acontecimientos vividos. Ahora la noche ya no es tan bella y se ha tornado un tanto tenebrosa.

El silencio es total. Pasan los minutos y Luis recobra nuevos ánimos y reanuda el camino. Ya se ha olvidado del episodio y va pensando:

-En cuanto llegue me preparo un par de huevos con chorizo y patatas fritas con una cervecita que me van a….

¿Qué ruido es este?

Luis percibe como unos pasos que le acompañan pero dentro de la maleza y sin querer siente que los pelos de la nuca se le erizan. Las sombras de la noche no permiten distinguir tan bien como desearía. Se ve el camino pero en este tramo a duras penas tanto, que si no llega a ser por el palo a modo de bastón que lleva, hasta es posible que hubiera tenido alguna caída.

-Bah, sea lo que sea no debo preocuparme. No creo que algún animal se atreva a molestarme, se dice a sí mismo no muy convencido.

Luis sigue caminando sin poder quitarse “esa sensación” que le indican los pelillos de la nuca a pesar de los razonamientos que se hace a sí mismo.

Doscientos metros más y llegaré a la pradera del búho y allí con la claridad que me da el ser terreno descubierto veré, si se atreve a salir, de que animal se trata.

Qué largos se le hicieron a nuestro amigo Luis esos doscientos metros y más después de haber visto unos ojos brillando entre la maleza que tan pronto estaban aquí como allí sin que entendiera como podían desplazarse a tal velocidad.

La imaginación de Luis volaba siendo cada vez más difícil sujetarla.

Por fin esa pequeña cuesta y ya está en la pradera del búho. Aquí la luna permite una vista, aunque sin colores, más clara que en mitad del bosque.

Luis ya fuera del bosque se vuelve y grita nervioso con los brazos y el palo en alto.

-Qué pasa valiente! Por qué no te atreves ahora a salir?

Pero no se queda a ver qué pasa. Da la media vuelta y prosigue su camino aligerando el paso. Antes de entrar de nuevo en el camino de bosque mira hacia atrás y ve aterrado a tres grandes lobos que le siguen a una distancia que a Luis le parece cortísima.

El primer pensamiento es echar a correr pero, él que ha leído tanto de animales sabe que esa sería la señal para que se le echasen encima. Está como paralizado pero la inercia le hace seguir caminando.

Ahora los lobos, que ya se saben descubiertos, se muestran más descarados. Le acompañan por los flancos sin ocultarse aunque, de momento, no se atreven a cercarse demasiado. Van silenciosos, lo que le pone aún más nervioso, y le llevan como a una res en medio de los tres.

Un torbellino de pensamientos invade a Luis. Que si el miedo lo huelen los lobos, que los lobos no son peligrosos para el hombre, que si.. Ahora en lo único que piensa es en cómo salir de esta. Y aún faltan tres kilómetros para llegar…

Apenas a trescientos metros aparece la ermita del pueblo en la que ni tan siquiera había pensado y la esperanza renace en nuestro protagonista. Aviva el paso mientras los lobos se envalentonan cada vez más pues ya realizan pequeños amagos de ataque.

Luis grita y blande el palo sin dejar de andar. Ya solo quedan cien metros para llegar a la ermita. Los lobos pareciendo que se dan cuenta y multiplican sus carreras hacia Luis que responde haciendo girar el palo sobre su cabeza mientras grita con todas sus fuerzas.

Veinte metros para llegar a la ermita. Uno de los lobos, viendo tan cerca el edificio y temiendo que su presa pueda escapar, inicia el ataque lanzándose sobre Luis que de forma milagrosa logra esquivarlo a la vez que lo golpea. Este hecho crea un pequeño desconcierto entre los lobos que aprovecha nuestro amigo para en una loca y corta carrera cobijarse en el hueco de la entrada de la ermita.

La batalla se generaliza. Ahora Luis apoyada su espalda en el quicio tiene las espaldas cubiertas y solo pueden atacarle de frente. La gruesa vara silba en el aire y los lobos gruñen y enseñan los dientes lanzando dentelladas logrando arrancar algún trozo del polar de Luis. Pero nuestro amigo resiste.

Sabe que es cuestión de tiempo el que logren su objetivo los lobos. Está aterrado pero a la vez muy lúcido pues sabe que su vida está en juego. Ve un hueco situado a metro y medio del suelo donde hay una estatua seguramente de algún santo. Son dos metros la distancia que hay para alcanzar el hueco y en cuanto lo intente seguramente los lobos le cogerán.

Luis, súbitamente, grita y salta hacia los lobos que sorprendidos retroceden aprovechando nuestro amigo para encaramarse al hueco del santo pero no pueda evitar que uno de los lobos logre morderle el tobillo. Luis agarrado al santo lucha por entrar en el hueco mientras el lobo tira de su tobillo. El santo de piedra cede cayendo sobre el lobo mordedor obligándole a soltar su presa.

Ya está Luis en el fondo de la hornacina y ahora las posibilidades de defensa se multiplican. Los lobos enardecidos por el olor de la sangre y la frustración de su presa que veían segura arrecian en sus ataques pero nuestro amigo logra mantener la plaza.

Al cabo de poco tiempo los lobos conscientes de la inutilidad del ataque cesan en su ataque.

El silencio de la noche se multiplica después del ruido de la pelea.

-¿Donde estarán los lobos? Seguro que están ahí preparándose para un nuevo ataque.

Qué noche más terrible pasó Luis entre los dolores de la dentellada que tenía en el tobillo, su lucha para que no sangrase la herida y el miedo a esa oscuridad de fuera.

Llegó el día y pasó un buen rato hasta que reunió el suficiente valor para bajarse del refugio e inspeccionar los alrededores. No había rastro de lobos. Habían desaparecido.

Se cuenta que nuestro amigo Luis cambió radicalmente en su manera de pensar como ecologista amigo de los lobos y además se volvió más devoto sobre todo de los santos de piedra a los que creía que debía su salvación.

Daniel Quintana