ME ESTOY HACIENDO MAYOR

Era el lance final. Por fin habíamos logrado llegar a ponernos a tiro de la venada. Oscar el cazador profesional que nos guiaba me hizo señas de que me acercara y me señala la ladera de enfrente.

-Ahí está en aquellas rocas más claras.

-No la veo

-¿Ves aquel grupo de rocas más claras?

-Si

-¿La ves ahora?

-No

Intento prepararme para disparar, doscientos dieciséis metros me indica Oscar. Llevo un bípode que intento asentar en las piedras que conforman el suelo, pues la ladera desde donde pretendemos disparar no es propicia.

-Se van, dice Oscar

Por fin veo a los animales. Es el macho, pero hoy no venimos por él. Tampoco estoy preparado.


Ya en casa reflexiono y me doy cuenta de que la caza ya no está a mi alcance. Me he hecho mayor y no sé reaccionar ni físicamente ni mentalmente ante los lances de caza. Y lo más definitorio: no me emociona como antes.

Llevaba tiempo detrás de una venada para carne que, además de proporcionarme pitanza me depararía un lance de caza que no tenía por qué ser menos emocionante que el de un macho. Contacté con Oscar y quedamos en la gasolinera de Fombellida antes de que amaneciera. Había quedado en que me acompañaría mi hija Laura y Santos, entusiasta cazador, como ayuda “física” pues preveía destazar al animal y transportarlo.

Llegó Oscar con un Land Cruiser grande y, después de desayunar, nos montamos todos en su coche y partimos hacia terrenos de caza.

Me sorprendió la soltura y profesionalidad de Oscar sobre el terreno en su papel de “cazador profesional” sobre todo porque en este gremio todos somos “profesionales” y presumimos de que nadie nos puede enseñar nada. ¡Cuanto fantasma!

Magnifico el manejo del todoterreno que unido al uso de un visor térmico permitió un registro minucioso en poco tiempo. No hubo suerte en parte porque se cerraba la temporada de la codorniz y había cazadores con perro por todas partes por lo que nuestro mentor decidió que cambiaríamos de lugar trasladándonos a sitio más de montaña y por tanto de menos “codorniceros”.

Ahí íbamos todos en el coche cada uno con sus prismáticos en busca de la pieza deseada. Se decidió Oscar por un paraje querencioso que conocía bien y nos acercamos hasta un punto donde, aparcado el coche, seguimos a pie. La procesión la iniciaba Oscar con Santos al lado tan entusiasmado que me entraron ganas de pasarle el rifle, en una subida no muy fuerte pero larga seguidos de mi hija Laura y yo con el rifle. ¡Cómo pesaba el condenado! Una subida resoplando no es la mejor opción para coger confianza.

Ya localiza Oscar las venadas y me indica que me acerque. Llevo un Mauser M-18 en calibre .308W con balas de 168 gr BST. Buen planteamiento. Además, porto un bípode de fabricación casera que me ha dado buenos resultados para el corzo en terrenos planos. El sitio desde el que voy a disparar es una ladera pedregosa por lo que el bípode, que me empeño en usar, no asienta ni de broma sin que se me ocurra pensar en apoyarme en una roca o, al menos, sentarme y apoyarme en una rodilla. Y ahí es donde comienza este relato.

Qué sensación de patoso, maula e incompetente me entró. No pensé en la pieza que se iba, pensé en que estaba acabado como cazador.

Llevo mucho tiempo dándole vueltas al sentido de la caza, en realidad al sentido que tiene para mi la caza.

La caza no puede ser ni poco ética ni malvada. La ética la conseguimos respetando las normas de especie, vedas, cantidad, etc., que marquen los planes cinegéticos, y compitiendo en cierta igualdad para conseguir la presa. Es verdad que usamos “aparatos” que nos dan ventaja, pero también es cierto que los animales nos llevan mucha ventaja en olfato, oído y moverse por el monte sobrepasándonos en su medio: la naturaleza. Por último, no será malvada, si se abate una pieza es para aprovechar su carne.

Bueno, es un tema que aun no tengo resuelto del todo.

Ya el día ha perdido su fuerza y Oscar nos conduce, para hacer un aguardo, al borde del bosque desde donde tenemos unas vistas estupendas hacia unos campos sembrados y donde es muy probable que aparezcan las reses. Nuestro mentor me deja todo preparado con un apoyo bien asentado y todos se colocan a mi espalda. ¡Empieza el aguardo!

Aparecieron corzos y zorros, pero venados…. Nada.

Día magnifico de caza a pesar de no obtener resultados. Mi admiración hacia Oscar y su manera de hacer y la decepción conmigo mismo. ¿Me estaré haciendo mayor?
Daniel Quintana